Denor había descendido hasta las mismas entrañas de la tierra. Si era cierta
la leyenda que su abuelo solía contarle, todo terminaría pronto.
El último tramo de escaleras desembocaba en una pequeña puerta de metal,
Denor la empujó con cuidado y esta se abrió con un leve chirrido. Un oscuro y
estrecho pasillo apareció ante él. Un punto de luz, al final de este, renovó
las fuerzas del muchacho. A cada paso que daba la luz se hacía más intensa,
hasta que finalmente llegó a una gran sala.
Denor no podía dar crédito a lo que veían sus ojos. No había techo en
aquella sala, en su lugar había algo que se parecía a un gran acuario. Cientos
de peces de todos los colores nadaban de un lado a otro. Era algo maravilloso.
Pero Denor no tenía tiempo, debía darse prisa o sería tarde. Apartó la vista de
aquel fascinante techo marino y atravesó la sala a toda prisa. Tras varias
galerías igual de mágicas que la primera, por fin llegó a su destino.
Solo tenía que pasar una última prueba, cruzar el gran puente de cristal.
Según la leyenda, este estaba custodiado por un guardián. No tardaría mucho en
descubrir si era cierto o no. A medida que se aproximaba al final del puente
una figura empezó a tomar forma humana. Todo sucedió muy deprisa. Antes de que
la figura terminara de materializarse, Denor le asestó un golpe mortal con su
lanza. La figura maldijo algo incomprensible antes de desvanecerse en miles de
motas de polvo.
Al fin había alcanzado su objetivo, frente a él se alzaba el árbol de la
vida. Por fin podría conseguir aquello que más deseaba. Solo necesitaba unas
cuantas raíces de aquel árbol y rompería el conjuro que mantenía preso a su
pueblo.
El reloj de la torre empezó a funcionar nuevamente. El pueblo parecía
despertar de un largo sueño, solo que uno de sus habitantes había desaparecido
para siempre. Denor entrego la vida a cambio de salvar a su pueblo, donde se
hallaba lo que más amaba en este mundo. Su mujer y sus hijos tendrían una
segunda oportunidad gracias a su sacrificio.

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