La tormenta que se avecinaba estaba
tomando un cariz aterrador. Los fuertes vientos se arremolinaban
peligrosamente, se estaba formando un tornado.
Jay se había despertado asustado, el
último rayo había iluminado la habitación y por un momento creyó
que era de día. Salió de la cama como una flecha, resbaló con un
calcetín y se empotró contra la ventana. Se separó un poco del frío
cristal y observó el cielo nocturno.
Sus ojos, medio cerrados aun por el
sueño, se abrieron de par en par al observar el aterrador
espectáculo que se estaba desarrollando al otro lado de la ventana.
Las tejas volaban de acá para allá, enormes amasijos de metal
giraban en torno al gigantesco remolino, incluso parecía succionar
los rayos que no dejaban de caer.
Jay estaba seguro de una cosa, ese
tornado no era obra de la naturaleza. Quizá era la respuesta de los
etéreos a su osadía. Nadie que se hubiese enfrentado a ellos
quedaba impune.
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